¿Cuáles son los límites en la dirección de orquesta?

Como intérprete y director, experimento la impresionante diferencia de exigencia, riesgo y permisividad, entre ambas disciplinas. Y me parece alarmante e injusto especialmente por ser, la dirección de orquesta, un coladero de necios ególatras y megalómanos.

Si en mi contrabajo o violonchelo muevo el dedo de mi mano izquierda milimétricamente hacia arriba o hacia abajo, estaré desafinado. Cualquier gesto o tensión puede alterar mi vibrato, lo que interferirá en mi fraseo y puede desmontar una sección entera de la obra. En mi mano derecha, según el ángulo de la crin, el peso, el ataque y la velocidad, por nombrar algunos parámetros, variará de forma sustancial mi sonido. Por no hablar de que, la conjunción de ambas manos necesita de un tempo totalmente preciso ya que, una sola semicorchea que no esté en su lugar, puede alterarlo todo. Podríamos poner docenas de ejemplos en los que, concretamente, se apreciaría su mal resultado; se escucharían.

Es un constante baile con el riesgo, sabiendo que cualquier milimétrica variación será absolutamente perceptible y, por tanto, tendrá sus consecuencias, cuanto más tocando como solista. La exigencia no puede ser más alta. El riesgo no puede ser más alto.

Pero como director no es así. Rotundamente, no es así. Me río, antes de seguir, de aquellos directores que quieran convencerse de que se exige lo mismo a un director que a un intérprete, o de que tiene el mismo riesgo: NO.

Como director, mis gestos son más libres, por no entrar ya en la aleatoriedad. Si marco más o menos el tempo, es mi decisión, pero la obligación de los músicos es la de tocar siempre in tempo. Tengo la libertad de jugar centímetros arriba y abajo con los planos sonoros (no poco avanzado ya es usarlos), de descansar una mano u otra, de dar o no una entrada, de dejarme llevar si quiero girar mi cuerpo, dar incluso o un paso o imprimir un gesto que se me ocurra. Poco importa cómo cojo la batuta, cómo pongo un dedo u otro, si me cambio de mano el palito…

Muy torpe debo ser para tirar a la orquesta, cambiar una dinámica deseada o errar en el tempo común.
Soy tan libre como aleatorio porque todo cabe en “mi estilo”. No sueno, nunca desafinaré una nota.
Si muevo mucho lo brazos, de muy alto a muy bajo, diré que tengo un estilo más dinámico o temperamental. Si hago más gestos enredados, es que bebo más de lo italiano, si me quedo más quieto… Chorradas hasta la saciedad hay y, si no las encuentro, me las invento.
La exigencia no puede ser más baja. El riesgo no puede ser más bajo.

Ser director es como ser aforado musical. Estás protegido por la inconcreción, por la abstracción. Lo esencial es que seas capaz de crearte ese halo merecedor de tal privilegio, aunque no tengas carrera artística que lo avale ni criterio que aportar. Si te sabes disfrazar bien, tienes tu sitio en la fiesta.

Tontería sería decir que el director de orquesta no tiene valor, cuando yo mismo admiro, como si pertenecieran al Olimpo, a personalidades con las que he trabajado, como el propio Barenboim. Esto es para otro extenso artículo. A esa clase de músicos sí, pero a lo que habita entre nosotros y, especialmente en nuestro país, (con excepciones, obviamente) no. A estos payasos, no.

Cuando dirijo, no puedes asegurar ni si me sé las notas. Cuando toco, las oyes.
Cuando dirijo, no sabes si sé llevar un tempo preciso. Cuando toco, lo oyes.
Cuando dirijo, no sabes si sé construir bien un discurso sonoro. Cuando toco, lo oyes.
Cuando dirijo, no sabes si sé respetar fiel y coherentemente las dinámicas. Cuando toco, las oyes.
Cuando dirijo no puedes saber ni si sé lo que oigo. Cuando toco… ¿Sigo?

Daría mi reserva de vino por ver un recital solista, en el instrumento que quisieran, de nuestros directores. Apuesto a que muchos ni medirían bien. Sería, sin duda, un nuevo “Club de la comedia”.

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